Mi mundo real (primera parte)
| La cuenta, por favor en Universo Gay
2012
09
Ago
Mi mundo real (primera parte)
Por Eduardo García
Aquí les dejo la primera de tres entregas, Mi mundo real, con la versión de la misma historia de cada uno de los integrantes. Espero que la disfruten.
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-1-Versión de Laura
Recuerdo perfectamente la noche en que Pablo me pidió matrimonio porque
esa misma noche, al llegar a mi casa después de su proposición en un
restaurante de mariscos en Las Condes, me enteré de la trágica muerte de la
Princesa Diana de Gales. Llevábamos
solamente un año de conocernos, pero aquel abogado atractivo y exitoso me llamó
la atención desde que mi amiga María Inés me lo había presentado en una función
de ballet en el Teatro Municipal de Santiago de Chile. Él andaba acompañando a su madre y estaban
sentados junto a nosotros en platea. No
tardaron las miradas y sonrisas discretas entre nosotros. Me atrajo su mirada limpia y su sonrisa
infantil. En el intermedio pudimos
conversar de algunas cosas y me agradó aún más. Después de esa tarde comenzamos a vernos a diario hasta que decidió
proponerme matrimonio aquella inolvidable noche de agosto.
Han pasado casi diez años desde aquel día. Pablo y yo vivimos en una
hermosa casa con un inmenso patio en Vitacura, y cualquiera que nos ve podría decir
que somos la pareja perfecta. ¿Lo
seremos realmente? No sé qué tan
perfecta puede ser una pareja que no habla sus problemas, que ya no disfruta de
hacer cosas en común, que hace el amor una vez al mes. Pablo logró crear su propio bufete de abogados. Me pidió que no trabajara más porque no era
necesario, así que dejé mi cargo de directora de Recursos Humanos en una
importante empresa internacional y me dediqué al hogar. Ahora me pregunto, ¿qué hogar? En realidad me he dedicado más a mí, a mis
tratamientos de belleza, a mis sesiones de masaje y de terapias complementarias
para mantenerme joven y hermosa. Por más
que hemos intentado, en estos últimos años no ha sido posible tener hijos. Fuimos a diferentes médicos, nos hicimos
cientos de exámenes, y todo está bien, no hay ningún problema físico que nos
impida ser padres, por lo tanto debiéramos poder tener hijos.
Hoy amanecí cansada de la pasividad de Pablo en todo lo que hace. Para lo único que pareciera que tiene sangre
en las venas es para trabajar y para ir al gimnasio, para nada más. Nuestras conversaciones se han vuelto
aburridas y nuestro sexo es esporádico y mecánico. Afortunadamente tenemos amigos con los cuales
compartimos los fines de semana. Mejor
eso que ir a visitar a su madre, quien está siempre presente en nuestras vidas,
muy a mi pesar. En la casa no tengo
mucho que hacer ya que la empleada se encarga de hacer absolutamente todo. Tengo amigas que me acompañan a mis clases
de Yoga, de Pilates y de Aerobox. Una
amiga para cada actividad, ya que de todas, yo soy la que más tiempo libre
tiene.
Pero estoy aburrida de todo eso. Me siento vacía, no le veo razón a las cosas que hago, me miro al espejo
y no me reconozco. Me pregunto dónde
está la Laura con esos sueños, con esos grandes sueños. Incluso siento que tengo menos energía. Mi amiga Isidora, a quien le comenté cómo me
sentía, me dice que eso es principio de depresión. No quiero deprimirme. ¿Cómo puedes deprimirte si lo tienes todo?,
me dice. No lo tengo, le contesto y una
vez más le cuento todo lo que siento, o lo que no siento.
Isidora me convenció de ir de paseo aprovechando el hermoso día de ese
invierno santiaguino. Como tampoco tenía
deseos de conducir, tomé un taxi y me fui al Museo de Bellas Artes, donde quedé
en verme con ella. Tenía años que no
visitaba ese sector de la ciudad y me sorprendió ver la gran cantidad de gente
que circulaba por ahí. Mientras esperaba
a Isidora, entré al museo para ver las exposiciones a las que, sin embargo, no les prestaba
realmente atención. Caminaba, dirigía mi
vista a las pinturas y a los objetos de arte, pero mi mente no estaba
presente. Mis pensamientos estaban en
otro lado, le pasaba revista a los últimos diez años de mi vida. Recordé cómo era mi relación con Pablo al
principio de nuestro matrimonio, cuando aún las ilusiones eran grandes. Siempre me molestaron las frecuentes
intromisiones de Graciela, su madre, que al ser viuda y Pablo su único hijo,
había querido dedicar el resto de sus días a opinar y a tomar decisiones en
nuestro matrimonio. Tuve que frenarla,
obviamente, sino ya la tuviéramos viviendo en nuestra casa.
Después del Bellas Artes, me acerqué al Cerro Santa Lucía con la
intención de subirlo como lo había hecho cuando era una niña. Subí unos cuantos peldaños y encontré que
estaba demasiado desolado a esas horas, así que me devolví para dirigirme a las
cercanías del museo. Isidora no llegaba
y ya empezaba a preocuparme por ella. La llamé varias veces a su teléfono móvil,
pero no me contestaba. Mientras esperaba
que la luz del semáforo cambiara para poder cruzar la calle Merced, lo intenté
una vez más. No pude terminar de hacer
la llamada porque sentí entonces un fuerte tirón que me lanzó al suelo. Dos jóvenes me arrebataron la cartera y el móvil
de la mano, echándose a correr. Grité
esperando que alguien me ayudara. Fue todo
muy rápido, así que cuando pude reaccionar, los chicos desaparecieron en los
alrededores del cerro del que yo regresaba.
Comencé a llorar, al borde de la desesperación. Me sentía indefensa, desnuda, violada. No sabía qué hacer en esos momentos. ¡Se lo
habían llevado todo! Las personas que
pasaban frente a mí me observaban paralizadas, pero nadie me preguntaba nada. Se limitaban a verme en silencio. Finalmente, un hombre se me acercó y me
preguntó qué me sucedía. Entre lágrimas
traté de explicarle lo que me había pasado.
-Ven, tienes que calmarte,-me dijo,
y al notar mi desconfianza, sonrió.-No te asustes, ya no hay nada más que
robarte. Te invito a tomar algo para que
te calmes.
Con mucha paciencia me llevó a uno de los cafés de José Miguel de la
Barra y nos sentamos en una mesa en el interior. Ordenó una infusión de hierbas para mí y un
café cortado para él. Su nombre era
Sebastián, vivía cerca y comentó que era una pena que un lugar tan bonito como
era ese barrio artístico y bohemio, se estuviera llenando de ladrones que se
aprovechaban del descuido de los transeúntes.
Sebastián hizo que me calmara, incluso me hizo sonreír. Me contó que era arquitecto y que había
nacido en Viña del Mar. Me sentí segura
con él, era lo que necesitaba en ese momento. Me llamó la atención su personalidad, que me pareció encantadora. Disfruté de escucharlo hablar ya que era
efusivo y gesticulaba dándole énfasis a las cosas que me contaba. Terminé hablándole acerca de mi visión del
matrimonio. De cómo siempre me había imaginado
que debía ser y de cómo era en realidad. Le hablé de Pablo y de nuestros diez años de matrimonio. Le conté dónde vivía y qué hacía. Estuvimos de acuerdo que en la vida nada es
al azar y que si nos habíamos conocido era por algún motivo. Creo que estuvimos más de dos horas en aquel
Café. El tiempo se pasó volando y yo
feliz me hubiera quedado conversando con aquel simpático hombre de cara
angelical, pero tenía que regresar a mi casa. Me percaté que no había llamado a Pablo. Tenía que contarle lo sucedido. En ese momento eché de menos su protección y su abrazo, las palabras de
consuelo que, a pesar de todo, yo sabía que me daría. Sí, tenía deseos de ver a Pablo.
Acerca de Eduardo García
Eduardo García nació en Santo Domingo y, tras residir unos años en Chile, donde publicó sus tres primeras novelas, se afincó en Madrid. En España ha continuado con su labor de escritor, además de dedicarse a dar clases de yoga y a las terapias alternativas. Sus últimas novelas están disponibles en Gaymazon. Su columna La cuenta, por favor ha sido nominada a los premios Bésametonto 2013.
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Qué sueños tenía la muchacha? Siento curiosidad.
Por estarla - 09/08/2012 14:24
Esta claro que lo material no da la felicidad, y que es muy triste perder los sueños y la chispa de la vida.
Estoy deseando de leer la próxima entrega.
Como siempre, encantado de poder entregarme a tus palabras.
Por rgolfo - 09/08/2012 15:10
Espero impaciente la siguiente parte!
Por valb - 14/08/2012 7:21
Lo material puede darte muchas satisfaciones y comodidades, pero solo es valorado cuando como persona te sientes valorada, importante y sobretodo persona, porque si estás vacía, te sobra todo, absolutamente todo, ni tampoco encuentras motivos para vivir...
La mayor riqueza está en lo sentimental y humano...
Por madredeungay - 16/08/2012 14:11
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